Poly Martínez

Nada como un buen catre

Escrito por Poly Martínez

Pocos asuntos tan delicados como los de cama. Aunque son evidentes –en la cara, en el caminado, en ese yo no-sé-qué un poco más tenso, menos invitador–, nadie se atreve a dar el primer paso y preguntar ¿qué pasa?. La intervención de especialistas, terapeutas, confidentes y hasta de preocupados familiares que discretamente tratan de aportar, resulta inútil. Siempre llega tarde, con lechos cumplidos.

Dicen que la crisis llega porque llega. Unos que a los siete años, otros juran que no pasa de los 10. Aunque le di largas, le saqué el cuerpo por mucho tiempo –que es que estoy muy cansada, que en vacaciones me pongo al día, que es normal con el paso de los años–, más tarde que temprano me alcanzó a mí también.

Metérsele al rancho, a nadie. ¿Y a la cama? Menos. Pero el tema me tenía desvelada y después de meses de darle vueltas, pies a cabeza, de buscarle el ladito por aquí y por allá, acepté que era inaplazable un cambio, dejar las malas noches y los dolorosos amaneceres.

Primero e importante: decidí que no vendería el sofá. Ese escampadero es necesario, permite cierta distancia y aguanta con buena mantica, par almohadas que compensen, además de esa cosa sabrosa, ¡ay!, tan estimulante como es cambiar de decorado, así sea dentro de la misma casa. Sensata recomendación para los que se encuentren en tránsito de dejar su propia habitación, sugerencia que además les ahorra una platica que sirve para todo lo que se viene después.

Segundo y no menor: ¿cómo saber si realmente todo acabó? ¿Está tan desgastado? ¿Ha perdido dureza o es que uno cada vez exige más? ¿Ya no sueña con él? ¿Pasar otra noche juntos suena a pesadilla? Hay que sincerarse: nadie puede sentir como uno siente ni lo que siente cuando lo siente (afirmación de reinita, pero cierta), y con esa verdad en mente, actuar. Pero es bastante más complicado de lo que cualquiera pueda pensar porque de eso se habla poco, y hacer pruebas fuera de casa trae malentendidos.

Tengo amigas casadas o “en una relación”, muy generosas pero cero bobas; y amigos con situación sentimental indefinida ya de por vida, que pienso que estarían listos a hacerse los bobos y abrirme un campito. Pero uno no va por ahí diciendo que tiene problemas de cama y echando guasap… “quiubo… mire, ¿será posible que yo me quede esta noche con ustedes? Es para probar nada más, solo porque de verdad necesito”.

Es tremendo, pero con los colchones pasa lo mismo que con las cosas clave en la vida: hay que probarlas para saber si gustan. Y como no me le voy a meter a nadie, pero sería irresponsable no calibrar bien la compra  –¿saben lo que cuesta un buen colchón?–, opté por llevarme a un amigo desinteresado y de confianza a que me acompañara a realizar la debida diligencia.

Llevo semanas brincando de cama en cama. Fijamos una hora de encuentro, ojalá hacia el final de la tarde, o una escapada terminando la mañana –para empatar con almuerzo, porque después siempre da hambre– y nos vemos en la vitrina de alguna colchonería, que las hay en centros comerciales o en pleno comercio con frente a la calle. Llegamos muy compuestos, de mocasines –nada de amarres o botas complicadas– para no perder tiempo.

Y arrancamos con lo nuestro. Pregunto por el colchón de la vitrina y le digo al vendedor lo que buscamos. Entonces todo es confusión: los hay con un colchoncito más mullido que va encima, que se siente deli; con un colchoncito mullido arriba y abajo, para cuando le dé vuelta al colchón lo siga sintiendo deli (cada dos meses y semanalmente rotarlo, siguiendo las manecillas del reloj); vienen con base forrada o sin la base; en fibras naturales pero que impiden que aniden los ácaros (palabra fea como pocas, da asco pronunciarla); en fibras sintéticas, antialérgicas y no sé qué más.

Nos hablan de látex natural y látex sintético, pero él y yo ya ni nos miramos; y de la nueva moda: el colchón de soya, dizque para las cervicales, pero yo creo que es para veganos. Los vendedores no quieren rollos con vegetarianos, paleo, ovolácteo-lo-que-sea y como no es fácil darles gusto a tantos y vender, prefieren hablar de cervicales, que nos unen a todos. Debe estar por salir el gluten-free, el low fat (menos alto de perfil). Por ahora, tienen ofertas con telas que respiran, colchones que miro aguantando el aliento para ver el sube-y-baja, así como cuando uno infla la barriga, pero nada: parecen dormidos.

Pasamos las texturas y entramos al complejo mundo de la firmeza. ¿Lo prefieren duro? ¿Ortopédico?, aunque puede molestar si no lo necesitan; ¿o mejor más suave? Como el colchón es para mí, aunque cada cual se acomode a su lado, rotemos decúbito prono y supino –nada de cucharita en vitrina–, le advertí a mi amigo que jugamos a ser una vieja pareja y eso lo limita a hacer bulto sin comentar. 

Hoy sigo en mi desvelo. Son tantas las opciones y mi presupuesto tan de sleeping-bag… Mejor doy media vuelta y ¡a soñar!

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