Poly Martínez

Mi vejez

Esto va para largo. Hace poco dijeron que 125 años es el tiempo que una persona puede vivir. Me puse a hacer cuentas y la verdad es que son un pocotón de años y muchos más en calidad de viejos que de jóvenes. El detalle no está en el morirnos, sino en el mientras tanto.

¿Y qué voy a hacer mientras vieja? Eso me pregunto últimamente casi con el mismo interés –pero no con tanta insistencia– con el que los asesores de los fondos de pensiones u otros que andan por ahí rebotando y sin oficio me buscan para preguntarme si tengo plan de pensión, si ya conozco cuántas semanas llevo cotizadas (la última vez que hablé en semanas fue durante los embarazos, de eso no hace taaanto); si quiero “invertir” en un plan exequial familiar… me disculpa que le pregunte, pero… ¿ya se hizo revisar ese lunar que tiene en la cara?; si tengo antecedentes familiares de osteoporosis, infartos, isquemias… y así.

Todo el mundo se está volviendo viejo. Pero no todos envejecemos igual. Creo que además de la genética y los hábitos, influye muchísimo lo que cada cual entiende y tiene codificado emocional y mentalmente como “vejez”. Nada de adultos mayores ni terminología eufemística porque la condición es evidente: viejos, con canas, arrugas, achaques, experiencias, cuentos, mirada de la vida desde el balcón, pero también muy a ras de piso, realista, práctica y vital.

El tema de los viejos SXXI, el de que los 60 son los nuevos 45, que a su vez son como solo 30, anda rondando todas las publicaciones del mundo. En el fondo encierra una preocupación: ¿qué vamos a hacer con todos estos viejos? Pero la inquietud no debería estar ahí sino en qué vamos a hacer todos los que corremos sin prisa, pero sin pausa, hacia la vejez.

De eso hablo con mis cuates de bici, mientras pedaleamos. Vamos a poner un ancianato –que no un Club Canitas o Nuestros Años Dorados–, no sabemos si en tierra fría o caliente (aún nos queda un tiempito para decidir), pero tenemos claro que incluye veranera, canarios, algo de matas para cuidar y esas de usos “medicinales”, para que nos cuiden; con bicicletas estáticas, una pantalla grande para mirar paisajes mientras hacemos visita y repasamos cuentos, fórmulas y achaques. O le damos a la caminadora, a lo que bien se pueda, solo por el gusto de estar juntos, como hoy. Lo que no hemos discutido es cuándo es la fecha de apertura porque, vuelvo y pregunto, ¿qué es ser viejo hoy? Depende mucho de cómo lo vea cada cual, más allá de la edad.

Tengo un ejemplo maravilloso, el de mis papás, que de jóvenes decidieron dedicar su vejez a cuidar ancianos desamparados, cosa que llevan años haciendo. Hoy todos son más jóvenes que ellos dos, pero mis padres parecen tener más vitalidad. Y otro más, el de un amigo que por años estuvo descontando los días para jubilarse, ser formalmente “mayor” y dedicarse a hacer todo lo que quería hacer –que ya venía haciendo–, pero libre de las taras de la juventud. Creo que nunca había trabajado, gozado, viajado, aprendido y compartido tanto con la gente que quiere como lo hace hoy en feliz uso de su temprana vejez, de su retiro tardío.

También sé de casos contrarios, donde les entra una vejez mental por adelantado y en vez de lanzarse al mundo para conocer lo nuevo que ofrece y aprovecharlo con la levedad que dan el criterio y experiencia, se van entorchando sobre sí mismos, atándose a la idea de una vida quieta así la tengan ahí dispuesta y golpeando la puerta. Ni modo, como la procesión, la edad va por dentro y tiene mucho menos que ver con la forma como el calendario luce por fuera.

Es cierto: hay que pensar en la vejez. Cuando la imagino, me aparecen en la cabeza unos años muy cercanos a mis amores y afectos. A estas alturas de la vida me gusta saber que mis amigas son “mis amigas” desde hace siglos porque eso evidencia que nos elegimos bien y logramos tejer vínculos, conocernos y querernos tal cual somos; ya no hace falta explicar casi nada, nos sabemos hasta los nombres de las tías y nos queremos muchísimo, sin juicios y sin exagerar. Y otro tanto sucede con mis amigos, que además de meterle humor a la vida, en estos años le han dado a nuestra conversación dosis de realismo que siempre agradezco, casi tanto como los cariñosos piropos que a veces me lanzan.

Lo bueno de la vejez es que la arena está cernida. Al fin de cuentas, los años ponen a cada quien en su puesto; nadie escapa a su tiempo. A todos tarde o temprano nos alcanza el chiflón. Por eso, la sabiduría está

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