Poly Martínez

El factor E

Me da un poco de pena, pero me les voy a tirar el almuerzo o la comida. Porque después de que lean este texto, sé que nada va a ser lo mismo cuando vean a una persona servirse ensalada, pedir una ensalada, comerse la ensalada o hacerle el feo a la ensalada.

A finales de 2016 fue noticia mundial una afirmación científica según la cual el horóscopo es falso. Sin ser unos astros, finalmente sabemos que es señal de ignorancia evaluar la compatibilidad con una potencial pareja por su signo zodiacal.

Así la ‘situa’, hay que dejar de lado la carta astral y concentrarse en la del menú, pues el único criterio que queda para identificar si esa persona tiene potencial de echar raíces en su vida es a través de la interpretación de la ensalada. No es un parámetro infalible, pero sí visible, de la personalidad. Como las huellas dactilares, no hay dos ensaladas iguales y por eso “la prueba de la ensalada” o el “Factor E” resulta crucial.

Debe aplicar el test con cautela, sin olvidar que todos tenemos nuestra ralladura. En la ensalada sale a relucir el verdadero Yo, taras y traumas de infancia, historias de superación, perspectiva estética y de vida. Surgen dos opciones: que cada cual se sirva la propia, o compartir una, prueba más difícil pero muy reveladora.

Piense en esto: finalmente salen a comer o a almorzar, llega la hora de elegir el plato fuerte y el acompañamiento, y el otro pide “una ensalada de la casa, pero con bastante cebolla”. ¿Hacen falta palabras para entender el mensaje? Ahí queda usted, sin aliento y mustio ante semejante descortesía. Y como sabemos que nadie cambia a nadie, ese romance terminará en llanto.

Si es compartida, con paseo a la barra incluido, hay claves de personalidad para observar: está quien avanza con prudencia y le apuesta a un par de lechugas juagadas, un toque de palmitos y petit-pois para pasar de fino, pero también existe el perfil más arriesgado, ese tan seguro de sí mismo que, sin preguntar, zampa una montaña de huevo duro en el plato.

Armar ese mesclum entre individual y al alimón, donde “yo prefiero la salsa rosada, pero si quieres solo le ponemos aceite de oliva y balsámico”, es una invaluable terapia de pareja anticipada. Porque esos primeros gestos dan pie para profundizar en cosas como espárragos, frutos secos y en el tomate –fruta que sabe a vegetal–, al que llegamos a adorar con los años, como al displicente rábano.

Hasta ahí todo luce bien. Pero siempre llega el momento del Big Bang: “¿Le ponemos re-mo-la-cha?”. A quien le gusta, contesta de inmediato. Pero ahí no está el detalle, sino en si responde con otra pregunta: “¿A ti te gusta…?”. Esa es un alma sensible, con habilidades para iniciar una buena conversación, dispuesta a ceder sin caer en la hipocresía, capaz de sacrificar su gusto para no teñir de malestar la velada del otro.

La verdad es que la ensalada evidencia nuestro grado de madurez. Yo ya como algo de aguacate, lo que me ha permitido tener nuevos tópicos y totopos de intercambio; entrar a un universo más incluyente porque a casi todo el mundo le gusta. Tarde entendí que no podía seguirle dando alas a las pataletas de mi niña interior si quería que lo que prometía ser un estupendo almuerzo no terminara en algo cercano a un vaseadón: “¿No le gusta el aguacaaate? ¡Uy no! ¿Ni en el ajiaco?”. Y díganme uno cómo explica eso.

Si compartir ensalada es complicado, preferir a quien no come paisaje tampoco es la solución. Quien se niega a comer vegetales y hortalizas no es confiable. Pero tampoco se trague el cuento del que jura que come ensalada por cuenta de ese pepino-babosa que aparece cual pez, pegado al acuario de Gin&Tonic tan de moda: esa es la típica personalidad mentirosa que se sale por las ramas, todo lo tapa con marcas y aromas.

¿Le teme a la berenjena, que cree salida del apocalipsis zombi? Cobarde, fatal. “¿Arándanos y queso azul? Me da como impresión…”, otra pésima señal porque olvida que en la variedad está el placer y si se limita –cual misionero– a cumplir con lechuga y tomate, poco puede florecer en esa monotonía.

En las ensaladas no caben explicaciones, son lo que son. Por eso no conceda ni una peca de quinua ni se ahorre el tallito de apio. Y si la vaina no funciona, diga que fue la remolacha, nadie se sorprenderá. Recuerde: no hay mejor vaticinador para la compatibilidad de caracteres que la compatibilidad de ensaladas. Entonces, no más miraditas de reojo: mejor mírele la ensalada.

Puedes leer también la anterior columna de Poly Martínez: A propósito de 2017

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