Ana Sokoloff Columnistas

Una mirada a Portugal

Me encuentro en Lisboa, Portugal, trabajando en la colgadura de una colección en una casa del siglo XVIII, en el barrio de Lapa. Con vista al río Tajo, en un invierno con una luz maravillosa entre tormentas, se vislumbra, a través de las ventanas, una cultura cuya historia me cautiva.

Lisboa. Foto: EFE

Desde el salón principal se divisan los techos de terracota al estilo chino del Museo de Arte Antiguo; más allá, algunas naves portuarias, y luego el río. Es inevitable pensar en el poderío del océano Atlántico y el auge mercantil de los portugueses durante los siglos XVII y XVIII. Fueron los jesuitas, con bandera portuguesa en 1600, quienes establecieron las primeras relaciones diplomáticas entre China y Europa. Y fueron los jesuitas, también con bandera portuguesa, quienes introdujeron el té a Europa y quienes llevaron la tempura al Japón.

Las primeras misiones jesuitas al Asia ocurrieron a principios del siglo XVI. No obstante, se debe a los casi 30 años que Matteo Ricci moró en la corte China para que surgiera el gusto por el té. Este misionero, de origen italiano, llegó a la corte y se instauró como un gran sabio, gracias a sus conocimientos en matemáticas y astronomía. En sus escritos, fue uno de los primeros europeos en describir el árbol de la camelia, el uso de sus hojas como infusión, sus beneficios medicinales y los rituales sociales alrededor de esta bebida. Cha/Chai es el nombre original y el nombre que aún se utiliza en Portugal para referirse al té. La palabra The se deriva de la pronunciación incorrecta de cha en algunas provincias del imperio chino, y fue la palabra que adoptaron los ingleses y la mayoría de Europa para este brebaje.

Mateo Ricci

El té llegó a Gran Bretaña con la corte portuguesa de Catalina de Braganza, al momento de esposar a Carlos II de Inglaterra. Ya en Portugal, como en la China, era común tomar té como bebida medicinal y como ritual social. Se dice que Catalina, después del viaje para ser esposada, lo primero que pidió para recuperarse del ajetreo del trayecto fue un té, el cual claramente le fue negado, ya que los ingleses aún no conocían esta bebida. Fue a través de su dote, y del intercambio comercial entre Inglaterra y Portugal, como la bebida del té se popularizó entre la corte y la clase pudiente. En Europa, por su escasez y costo, se convirtió en un artículo de lujo, alcanzable solo para los más prestantes de la sociedad.

Otro producto de la culturización durante la exploración marítima portuguesa del siglo XVII fue la tempura. Luego de establecer relaciones con China, y aprovechando la enemistad entre chinos y japoneses, los portugueses implantaron relaciones comerciales con Japón, suministrándoles productos codiciados, como la seda y la porcelana.

Así como Ricci enriqueció los estudios matemáticos y astronómicos en China, el portugués común ayudó a enaltecer la cocina japonesa. Los Peixinhos da horta o habichuelas rebozadas y fritas, es uno de los platos más populares de la cocina ibérica. Antiguamente consumidos durante la cuaresma, su nombre deriva de tempora en latín, que significa tiempo y hace alusión a los días de ayuno.
No todos los intercambios culturales son tan positivos como los culinarios. Los chinos introdujeron la pólvora en Occidente, y Occidente desarrolló las armas de fuego. Se atribuye a los exploradores portugueses, y en particular a Fernão Mendes Pinto, misionero, pirata, mercader y diplomático, el llevar armas de fuego al Japón. Según su propia crónica, Mendes Pinto introdujo el arcabuz, arma que fue ampliamente utilizada en la batalla de Nagashino, y luego mejorada y utilizada en la reunificaron del país y la invasión de Corea, a finales del siglo XVI.

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