Columnistas Poly Martínez

La nueva generación digital

Ella tiene unos jueguitos, algunos libros guardados, ¡y es divina porque me manda correos!
Le estamos enseñando a chatear, pero todavía le queda grande

El día que le regalamos el iPad fue el inicio del fin. Pensamos que ya tenía la edad suficiente, que contaba con otros intereses y podría balancear el tema sin que se nos volviera un rollo, una peleíta diaria. Pero es cierto lo que señala la directora del ICBF, Cristina Plazas, y lo que pontifican muchos más sobre la capacidad de enajenación que tienen “los aparaticos esos”: nos atrapan con sus redes, nos seducen y lanzan por caminos y crean vínculos impensables.

Mi papá me lo dijo:  –Mira, no quiero meterme –eso lo dicen los papás justo antes de entrar cual exocet al rancho de uno–, pero creo que hay que controlar más el tiempo que permanece “pegada”…porque los aparatos generan pegante y apego, no lo suelta; anda mirando yo no sé qué porque ni veo bien ni entiendo. Tal vez deberían revisar, ponerle un horario, limitar un poco…

–¡Ay papá! La verdad, no le veo tanto problema. Eso es al principio, por la novedad. Como cuando tú finalmente dejaste la flecha, estrenaste celular y viste que podías tomar fotos buenas. Es lo mismo: ella tiene unos jueguitos, algunos libros guardados, ¡y es divina porque me manda correos! Le estamos enseñando a chatear, pero todavía le queda grande.

Entonces me sacó la teoría de que no conocía a otras de su edad en esas, que conversar se volvió complicado porque “ya cualquier cosa que uno le pregunte está mirando la pantalla: ¡de-ses-pe-rante!”, que es la otra palabrita de los papás para decirle a uno que no les gusta algo.

Con ese sentimiento culposo a cuestas, me fui a averiguar. El acuerdo: le dábamos el iPad pero nosotros le poníamos las claves de entrada y las de la cuenta de correo. Cero Snapchat, Instagram o Facebook; la cuenta de Youtube, creada por nosotros y las claves, en nuestras manos; sin entrar en detalles que a su edad no comprende. Pero lo que le encontré: muchos juegos, revistas, recetas de cupcakes y una cosa que se llama Wattpad… ¿Cómo lo hizo? Es una generación que definitivamente nació con otro chip.

Esto se nos ha vuelto un problema, con misiones de rescate a las 10 de la noche porque “¿por qué no funciona…?”. Duérmete, mañana vemos, ahora no. Pero nada, queda uno con ese gusanito en el corazón y termina levantándose a ver qué pasó y a repasar la batería de preguntas clásicas: ¿estás conectada a internet?, ¿tiene carga suficiente?, ¿escribiste la clave?

Es cierto: mi mamá no sabe del mundo digital pero se le ha metido con desespero. No sé si es el MinTIC, Bienestar o quién regula a una abuela pegada a un iPad. Nada han dicho Annie de Acevedo o el programa Consentidos. Mi papá vive en otro mundo, porque fuera de tomar fotos y llamar a Siri, él es un clásico: lee el periódico-periódico, oye radio y se juaga en 4711. Su timeline lo revisa en los almuerzos largos de conversación e historias de juventud con Henry y Anita. Mientras, mi mamá se lleva a Pedro a un lado para que le resuelva un entuerto digital:  “No abuela, el iPad está bien, lo que pasa es que tienes muchísimas ventanas abiertas y se vuelve más lento”; “no abuela, es que si no estás conectada a Wi-Fi no funciona y por eso el solitario te toca en el estudio, así el abuelo esté ahí, porque debes estar conectada”.

Spotify debería sacar una sección de Antaño+, porque a Lorenzo –otro nieto– le ha tocado dejar de lado a Wisin, como él dejó a Yandel, para aprender de Manzanero, María Dolores Pradera y aceptar que Enrique Iglesias (para él un señor) tiene un papá vivo que le canta a un pañuelo en un río. “Abuela, qué letra más ridícula; eso no dice nada”.

Los señores de las tiendas de Apple la ven venir y tiemblan. Porque cuando los nietos están en el colegio, ella reprograma el iPad y si no lo logra –“¿mamá, estás conectada?”– se les aparece con un “yo creo que esto se dañó”. Es su muñeca, le tiene vestidos de colores, y de cumpleaños ya pidió un parlante inalámbrico, pues descubrió que Bluetooth no es un problema dental y quiere que “spoty” suene por todos lados.

¿Horarios? Imposible. Salta de página en página como una ardilla enloquecida. Al final se pierde: “Creo que esto se dañó…”. ¿Mamá, estás conectada al Wi-Fi? “Déjame voy hasta el aparato”. No mamá, arriba, de medio lado, unas onditas…. ¿Están? “No, no hay nada”. Entonces no estás conectada… Ya te lo hemos dicho, te debes conectar.

Tiene un nieto para cada tema, así los va rotando para no aburrirlos: sabiduría mayor. La educación digital de los abuelos se ha convertido en otra materia para ellos, que se mueren de la ternura y de la risa: “Prueba, es intuitivo, abuela. Y no te preocupes, que no va a explotar”.

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