Cultura

Diana Gamboa, teje historias de amor

Los ojos color aceituna de la artista Diana Gamboa parecen atravesar la materia, analizan cada detalle, sonríen y hasta hablan. Los sonidos no son necesarios para entender su esencia sensible, activa, apasionada y cálida. Sentada en su taller, ubicado en el barrio La Candelaria de Bogotá, en una casa antigua bien mantenida y llena de encanto, explica los detalles de las obras que allí reposan. Muchas de ellas son elaboradas por su esposo, el actor y artista Luis Fernando Bohórquez, quien se especializa en la escultura con metal, y con quien ella trabaja constantemente.

Por: Adelaida Gnecco Fotografías Leo Queen Video y edición: Go team media

“El papel es efímero”, dice Diana, mientras relata que sus esculturas de papel, después de ser expuestas, deben ser devueltas a su estado original, es decir que ella desdobla cada pliegue hasta que el papel vuelve a estar liso, y luego le entrega el material a un reciclador. Es por eso que el taller no está colmado por sus majestuosos vestidos de papel, esos que han aparecido en espacios tan importantes como la galería Andipa, en Londres; el Museo Tamayo, en México; la Galería Sala Joya, del Centro Cultural de España Juan de Salazar; el Carrusel del Louvre, en París, y hasta en distintos escenarios de Japón, la meca del origami.

A pesar de que muchas de sus obras se vinculan con la moda, Diana aclara que ella es una artista y no una diseñadora de modas, y que aunque su trabajo es netamente intuitivo, la estructura que hoy tiene su trabajo es una herencia de sus padres. “Mi mamá, Diana Murra, me heredó toda la parte femenina, a pintar porcelana, a tejer, a bordar como las abuelas, a hojillar en oro, y me dio la lección de conectar pensamiento con acción”, cuenta la artista.

Su papá, el maestro del origami Gonzalo Gamboa, le enseñó el amor por doblar papel. Desde pequeña, Diana lo imitaba y aprendió la técnica que él, a su vez, había estudiado con unos japoneses que llegaron al Valle del Cauca. “Yo estaba lejos de saber que ese oficio que aprendí de niña lo iba a utilizar más adelante”, revela Diana.

Sin embargo, siempre tuvo claro que su carrera y su vocación debían estar conectados con su inmensa creatividad, y por eso estudió Artes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Cuando todavía era una estudiante, en 1998, entendió que podía vivir del arte: “Yo estaba en los talleres de grabado de Alfonso Álvarez, y un día salí a una reunión para un proyecto en uno de los cafés de la 82. Venía con mis grabados en un folder de cartón, y este se desfondó y los grabados cayeron al piso, justo al lado de un coleccionista inglés. Él se agacha a recoger la obra, y me dice ‘¿qué es esta belleza?’, y me compró todo el lote”.

Desde ese momento Diana comenzó una gestión individual para establecer conexiones que le permitieran emprender un camino exitoso en el arte. Claro está que en el proceso tuvo un par de coincidencias milagrosas, y una de ellas le permitió encontrarse de nuevo con el origami.

Había sido convocada, junto con otros cuatro estudiantes destacados de Arte Plásticas del país, para que hicieran una interpretación de la moda en una exposición al lado de diseñadoras de la talla de María Luisa Ortiz, Olga Piedrahíta y Julieta Suárez. Entre los cinco estudiantes iban a crear un vestido, pero a la tercera reunión creativa solo llegó Diana, y decidió desarrollar el proyecto sola. Ya tenía una boceto de la obra y muy poco tiempo para hacerlo, pero cuando le comentó a su novio de ese momento, quien hoy en día es su esposo, de qué se trataba, se encontró con otra traba: “Él me dijo ‘ese vestido es muy frío para tu carácter, no encuentro una coherencia entre tú y el vestido’, y le digo yo, ‘entonces qué quieres que haga, ¿un vestido en origami?, y me dice: ‘¡Haz eso!’, y ahí comienza esta aventura”.

Una aventura que hoy la sigue sorprendiendo. Y aunque ama lo que hace, Diana ha aprendido a mantener un balance entre sus arduas jornadas de trabajo y su hogar, pues ella y Luis Fernando tienen tres hijos a los que les dedican todo el tiempo que pueden. Aunque todos los días, luego de que los niños se acuestan a dormir, la artista se encierra en su taller hasta la madrugada. Para ella, el tiempo ya no es un obstáculo. “Puedo hacer que diez segundos duren diez horas. Para mí, no hay límites en la energía, ni en la creación. Por ejemplo, para la inauguración de una tienda de una diseñadora en Bogotá, me encargaron hacer dos columnas en papel de 2,5 metros, y cuando las fui a instalar, me di cuenta de que había hecho tres columnas de seis metros de alto, ¿qué tal la hiperactividad?”, comenta entre risas.

Y así hay diferentes historias, pero siempre una constante: el amor, la compañía y el apoyo de su esposo Luis Fernando, con quien no solo ha construido un hogar sino una dupla creativa inigualable. Juntos han realizado varios proyectos artísticos, en los que mezclan los mejor de sus dos mundos. “Toda la parte de creación con Luis Fernando ha sido muy íntima, yo nunca me subo a su taller y nunca va a ver qué estoy haciendo, nos encontramos en el proyecto, y partimos de historias de amor que él se inventa”.

Precisamente uno de los últimos proyectos que hicieron juntos fue un performance llamado ‘El cíclope’, basado en la historia de dos amantes que se dan un beso con los ojos abiertos y al hacerlo terminan viéndose con solo un ojo. Con esta obra, que mezclaba la estructuras de papel de Diana y las esculturas de metal de Luis Fernando, la pareja de artistas llegó a Tokio (Japón). “Uno de esos performance se presentó en el complejo arquitectónico Roppongi Hills, que, gracias a nuestro proyecto, empezó a prestarse para otros eventos culturales. Fuimos los primeros artistas en conquistar esa plaza”, recuerda Diana.

Si bien sus habilidades para el papel le han dado la vuelta al mundo y han servido de inspiración para las nuevas generaciones de artistas colombianos, Gamboa se describe como una tejedora y bordadora, y por estos días trabaja en cuadros hechos con telas valiosísimas que le han heredado sus amigos o que ella ha conseguido en sus viajes, y que tras largas horas de minucioso trabajo, transforma en obras de arte alusivas, principalmente, a la mujer.

Esas rutinas de soledad y silencio le han ayudado a ver la vida desde una perspectiva distinta y más profunda: “Esa disciplina, y el poder conectarme con el plegar cada línea, me ayudan a ver la vida diferente. Me he dado cuenta de que no pasa nada, no hay que llegar a ningún lado, lo más importante es estar presente, mañana será otro día. Te hablan los coach de que hay que tener metas a corto y largo plazo, pero eso te lo va revelando la vida, estamos en constante cambio. Siento que hace falta una conciencia más evolucionada en la forma como vibramos”, concluye Diana.

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