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De cuando conocí a Genovia

No soy fan del automovilismo. Apenas tuve una mínima noción del tema cuando Juan Pablo Montoya pasó por ahí y nos tocaba madrugar a encender el televisor muy a las siete de la mañana sin mayor explicación. No sé nada de escuderías, ni de pilotos, ni de circuitos, pero si te invitan al Grand Prix de Mónaco, así no sepas ni cambiar una llanta, tú aceptas, finges demencia y exclamas ‘¡me encanta la fórmula 1!’.

Después googleas “Grand Prix de Mónaco”, confirmas que efectivamente te están invitando a Mónaco, y después resuelves cómo disimular… #fakeituntilyoumakeit.

Eso fue lo que hice cuando la revista Caras y TAG Heuer me extendieron esta invitación para contarles después (es decir, ahora) mi experiencia. Supongo que descubrieron mi ignorancia absoluta del tema cuando me llevaron a los pits y lo primero que hice fue salir corriendo a ver los carros rosados porque eran los más bonitos (ahora sé que son de la escudería Force India). Sin embargo, como dice una gran pensadora de nuestros tiempos, me toleraron.

Así que empaqué como si fuera Mia Thermópolis en The Princess Diaries, rumbo a encontrarse con la reina Clarisse, es decir, mal. Y no me encontré a la reina, pero sí estuve en una cena con el príncipe Alberto II de Mónaco. Afortunadamente no hice caso a mis amigas expertas en nobleza y temas reales que me recomendaron saludarlo “Su Alteza Serenísima” con una reverencia, porque lo cierto es que el encuentro fue mucho menos protocolario y acartonado de lo imaginable. Solo nos hicieron poner de pie a todos los asistentes cuando él llegó y nada más. El resto de la cena transcurrió tranquila y relajada con el príncipe y soberano de Mónaco, por cuyas venas corre la misma sangre de la princesa Grace a unos poquísimos metros… todo muy casual.

Casual pero chic. Justamente ese era el dress code de la mayoría de los eventos, porque a los amigos de TAG Heuer y CARAS les resulta bien casual todo esto del trato con la realeza, la vida en yates y las carreras de Fórmula 1. A nosotros, los plebeyos, no tanto, pero hacemos el esfuerzo. Tampoco me resultó casual encontrarme a una ex Spice Girl en el yate que, valga la aclaración, fue nuestro hotel por esos días. También vi de cerca a Bella Hadid, que es preciosa; a Paulina Vega, que es mil veces más bella; a Tom Brady, que es guapísimo, y al piloto Daniel Ricciardo, que fue el hombre del momento en Mónaco luego de ganar la pole para la carrera. Pero nada supera que pude hablar con Geri Halliwell, ¡que era Ginger Spice! Todos ellos, junto a no menos de 60 invitados internacionales, estuvimos en ese yate durante un fin de semana largo, pero yo solo quería tomarme selfies con Geri (que no podía ser más encantadora) y cantar con ella Yo, I’ll tell you what I want, what I really, really want (y tal vez después Two become one), mientras los demás se divertían al ritmo del DJ francés Martin Solveig.

Y creo que ese fue mi modus operandi todo el fin de semana… Durante la visita al Musée de l’automobile, un museo de carros (otro plan para lucirme fingiendo que entendía algo) con casi un centenar de autos clásicos que pertenecieron al príncipe Raniero III y ahora hacen parte de la colección personal del príncipe Alberto II, yo estuve concentradísima en los afiches de Patrick Dempsey (alias McDreamy en Grey’s Anatomy) y en la voz increíble de la cantante que amenizaba el evento. No supe su nombre pero era una voz de ensueño, cantando La vie en Rose en un salón que perfectamente podría haber servido de set para grabar la escena del gran baile en The Princess Diaries. Lo que sí supe fue que Patrick Dempsey es piloto de carreras y también hace parte de la familia TAG Heuer, posiblemente la familia con mejor genética en la historia de la relojería mundial… Deberían adoptarnos.

Mientras seguíamos develando ese fascinante velo de realeza y aristocracia que cubre el imaginario monegasco, yo me sentía cada vez más como Mia Thermopolis en Genovia, pero mejor vestida. El día de la carrera ganó Daniel Ricciardo, que logró su primer triunfo en este circuito. Él pertenece al equipo Aston Martin patrocinado por Red Bull y TAG Heuer, por lo que el fin de semana fue ‘redondo’. Pensé que no iba a aguantar el ruido ensordecedor de los motores por 78 vueltas (menos con los tapaoídos mal puestos como los tenía) pero lo cierto es que estando ahí, en el corazón de la F1, la intensidad, la velocidad y la adrenalina terminan por atraparte. Y al final no resulta tan complejo, solo son piques muy sofisticados y legales.

Entre pruebas, clasificaciones, carrera y fiestas, hubo tiempo de recorrer las calles de Mónaco y confirmar la teoría que estuve repitiendo desde que puse un pie en el principado: Mónaco es Genovia… pero con la imagen de Falcao en una tienda de fútbol.

“Vi de cerca a Bella Hadid, que es preciosa, y a Paulina Vega, que es mil veces más bella. Pero nada supera que pude hablar con Geri Halliwell, que era Ginger Spice”

Una vez logré sortear con gran destreza mi ignorancia en el tema automovilístico (eso quiero creer), me sentí como pez en el agua en ese ambiente festivo de feria en domingo, entre callecitas pintorescas que evocan los pueblitos mediterráneos, con el olor de la pizza saliendo de los restaurantes, el helado sublime de L’Atelier du Glacier, las tiendas de moda y, aunque no por el juego sino por las tantas referencias cinematográficas, el Gran Casino de Montecarlo, edificado por Charles Garnier (el mismo arquitecto a cargo de la Ópera de París) en 1863, una estampa de la belle époque en la gran roca sobre la que se erige Mónaco o, como le seguiremos llamando con cariño, Genovia. Aparentemente salida de un cuento medieval y congelada en el tiempo, pero vertiginosa, intensa y epítome del lujo y el glam chic; un destino de contrastes surrealistas que vale la pena conocer.

Esta fue mi experiencia. Yo seguiré buscando a mi abuela Clarisse o que me adopte Patrick, y espero volver algún día a visitar a mi gente bella de Genovia, comer postre de peras y entonar su himno con Geri Halliwell.

Por @itamaria83, o como prefiere le llamen a partir de ahora, Ita Thermopolis Renaldi

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