Cultura

Descubriendo una Colombia ancestral

‘Wagala’ significa rostro en dule, la lengua de la comunidad indígena guna-dule, que se encuentra en los departamentos de Chocó y Antioquia, en el Darién y el Golfo de Urabá, además de Panamá. “Los rostros son el misterio del mundo”, dijo alguna vez el fotógrafo Ruven Afanador, quien recientemente presentó la exposición ‘Hijas del agua’, resultado de una aventura que emprendió con la arquitecta y artista Ana González por esos territorios apartados que el conflicto armado se encargó de convertir en invisibles ante los ojos de miles de colombianos, y que ahora pueden mostrar toda su majestuosidad.

El viaje llegó como una propuesta de María Clemencia Rodríguez de Santos, saliente primera dama, quien junto a un equipo de Artesanías de Colombia quiso mostrarles a los artistas esa Colombia secreta. “Es un proyecto que se fue generando de manera muy natural. No teníamos muy claro a dónde iba a parar, pero empezamos viajando a estos lugares gracias a la invitación y ayuda de la primera dama”, cuenta Ana. “Nos dijo que quería mostrarnos lo que ella veía: comunidades ancestrales, nuestros orígenes, que han sufrido desde tiempos de la Conquista y se han retirado a las montañas, a los desiertos y a los lugares más aislados. Ruven empezó a fotografiar a estas mujeres y personas de las comunidades y yo a sentir el lugar, a conectarme con ellos. Pensamos que queríamos hacer un libro, pero los resultados fueron bellísimos y quisimos compartirlos con las personas en sus proporciones reales”.

Ana y Ruven quieren que el proyecto tenga una segunda parte, en la que retratarían once comunidades más

Más de un año tardaron en organizar fechas y hacer coincidir agendas con las buenas condiciones climáticas de los lugares visitados, pero lo lograron. Llegaron a los arhuacos, en la Sierra Nevada de Santa Marta; a los Misak, en Silvia (Cauca); a los guna-dule, en Caimán Alto, en el Urabá antioqueño, y a los wayúu, en el Cabo de la Vela, en La Guajira.

Por un tiempo, la leyenda de la fotografía de moda, de los impresionantes retratos de personajes y celebridades, logró desprenderse de las grandes capitales del mundo donde transcurre su trabajo, y aterrizó en territorios inesperados que lo sorprendieron gratamente. “Es un sueño cumplido. Viajar, recorrer, conocer y conectarme con etnias escondidas de Colombia. Siempre pensé en crear un libro que documentara estas comunidades. Poder estar con ellas, con todas las mujeres que conocimos, no solo significó un gran aprendizaje, sino un homenaje que puedo compartir con Colombia y el mundo. Estamos en un momento ideal para este tipo de celebraciones sobre la mujer. Esto es algo que estaba destinado a ser”, comenta Ruven.

‘Hijas del agua’ exhibe 30 fotografías de mujeres, hombres y niños de cuatro comunidades indígenas con un gran arraigo por su territorio, por sus costumbres y su manera de entender el mundo. Con un gran respeto por sus tradiciones, cultura y unicidad. “Una Colombia que no hemos descubierto aún”, como dice Ana González, quien se encargó de intervenir las piezas en su taller en Bogotá a partir de dibujos, textos de la tradición oral indígena, bordados y desbastado de hilos.

Fotos Ruven Afanador y Ana González

Se trata de una interpretación muy personal de esos mundos femeninos ancestrales a los que tuvieron acceso. “Esta exposición habla mucho del instinto, no tanto de la razón. De lo femenino, de ese lado no racional, sino más intuitivo que tenemos todos los seres humanos. Las mujeres son un hilo conductor, sin importar su comunidad. Fue muy impresionante observarlas y comprobar que están absolutamente empoderadas y que, a pesar de las dificultades, tienen una capacidad de sentirse muy orgullosas de lo que son y representan”, cuenta Ana.

Es precisamente esa devoción, esa dignidad, ese rol de paz y tranquilidad lo que se percibe en cada fotografía de esta exposición. Una conexión con la naturaleza, con sus territorios, con la defensa de la vida en todas sus formas presente en los rostros de estas mujeres. Ellas son el origen, y visitar ‘Hijas del agua’ es precisamente una invitación a regresar al origen, a reencontrarse con la tradición, a respetarla y a escuchar su mensaje. Un mensaje en el que coinciden Ana y Ruven: un llamado a pasar la página de la guerra, a aprender a vivir en tiempos de paz y a pedir perdón, no solo a las comunidades, agredidas durante décadas, sino a la naturaleza, esa que la “civilización” sigue destruyendo con sus excesos.

“La dignidad que ellas tienen, cómo se parecen aunque no se conocen, sus artesanías, su saber ancestral, y cómo cuentan las historias de sus comunidades por medio de lo que hacen. Es increíble saber que el tiempo no ha pasado en estos lugares, y cómo la historia está aguardando ser descubierta a través de estas etnias”, son las impresiones de Ruven después de esta aventura, en la que hubo un serio trabajo de investigación para seleccionar las comunidades que visitarían.

Ruven Afanador

Fue Jacinta, una líder comunitaria misak de Silvia, la mujer que quedó fuertemente grabada en las memorias de este viaje. Ella les abrió la puerta de su casa, les mostró cómo se teje en telar vertical, les dio un taller para enseñarles sobre los chumbes, un cinturón que cuenta la historia y costumbres de su pueblo. También les abrió su corazón y les habló del maltrato que sufren las mujeres de su comunidad y de cómo el alcohol es una problemática creciente entre los hombres misak. “Ella nos contó que su padre la crió a los golpes, hasta que un día se le puso en frente y dijo no más. Jacinta se impuso y se empoderó, y empoderó a toda una comunidad de mujeres tejedoras que la siguen. Su fotografía, que intervine con un texto, es tal vez de las más especiales de esta exposición”, recuerda Ana.

De trabajar con Ruven Afanador, Ana González destaca una importante lección: el trabajo colaborativo. Este camino que emprendieron juntos estuvo lejos de los egos que permean el medio artístico. “Es una persona absolutamente generosa con sus conocimientos y con su trabajo. Me parecería importante sembrar esa semilla: debemos trabajar en equipo. Como artistas tendemos a ser individualistas, recelosos con nuestro trabajo y conocimiento, pero si uno es realmente bueno, siempre va a encontrar la manera de crear y, por el contrario, en colaboración siempre se van a gestar proyectos mucho más poderosos”.

La exposición, que estará hasta el próximo 16 de septiembre en el museo Santa Clara de Bogotá, no es el punto final. Este es un trabajo que continúa y en el que ya identificaron 11 comunidades más que les gustaría conocer y retratar. Los aguarda un libro, el sueño de Ruven Afanador, que encontró su complemento perfecto en Ana González, y así calar con su mensaje: todos somos hijos del agua, de ese elemento que liga la vida en la tierra, la vida de todos.

Fotos Ruven Afanador y Ana González

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

close-link
error:
WP-Backgrounds Lite by InoPlugs Web Design and Juwelier Schönmann 1010 Wien