Personajes

Alejandro Gaviria, feliz entre la incertidumbre

Nunca pensó en ser ministro de Salud y, sin embargo, su labor fue más que sobresaliente. Después de superar un cáncer y de dejar el mundo político, se siente aliviado y agradecido de que aún haya tiempo para cultivar recuerdos

Entre sus múltiples lecturas de infancia, Alejandro Gaviria recuerda con particular detalle los cómics sobre las aventuras de Tío Rico Mac Pato. “En una de las historietas que tenía, mostraban que una vez este personaje quería pasar vacaciones y simplemente apuntó (en un globo terráqueo) con los ojos cerrados y dijo allá vamos”. Lo cuenta mientras recrea la situación en la sala de su casa durante una tranquila mañana de viernes. Lo cuenta, precisamente, porque una de las primeras libertades que pudo permitirse al dejar el Ministerio de Salud fue escoger un lugar para despejar su cabeza después de estar casi seis años en un cargo público, y de pasar por un largo tratamiento para tratar el linfoma no Hodgkin que le fue diagnosticado en 2017. Barbados, una paradisiaca isla en el Caribe, fue el destino elegido.

Es un hombre metódico, incluso en estos días de pausa y respiro. La disciplina que mantiene para cada una de sus cosas lo ha acompañado desde antes de convertirse en un estudiante de ingeniería civil, una carrera que en su momento le planteó una disyuntiva entre la literatura y la presión de emular y seguir los pasos profesionales de su padre, con quien además compartía un gusto por las matemáticas. “Vivía a la sombra de él. En ese ambiente de Medellín, parroquial y provincial de alguna manera, mi papá era una figura importante, y al serlo era un poco avasallante. Cuando me vine para Bogotá, me liberé de todo eso”, asegura.

Es muy claro al decir que en algunas ocasiones hubo arrepentimiento, pero nunca fue definitivo, ni tan fuerte para pensar que eligió mal o tuvo la vida equivocada. Después de todo, los libros y la escritura han permanecido tanto como la poesía de Eugenio Montejo y Joseph Brodsky, los ensayos de Estanislao Zuleta –quien fue amigo de su padre–, y las reflexiones del economista europeo Albert Hirschman. Esa relación con la literatura se ha hecho infinita a través de los años, porque incluso desde la ingeniería, la economía o su oficina en el piso 23 del edificio del Ministerio de Salud, nunca ha dejado de alimentarla.

Luego de superar el cáncer, se hizo un tatuaje que dice “Your time is limited”, frase que hace parte de un famoso discurso de Steve Jobs

Sin manifestarlo abiertamente, Alexis –como lo llama cariñosamente su familia– es también un hombre de tradiciones. Una de ellas inició mientras hacía su doctorado en economía en la Universidad de California, en la ciudad de San Diego. En las tardes salía de clase, se tomaba un café y emprendía su recorrido hacia lo que él llama “librerías de viejo”. Como un amante fiel, pasaba horas mirando libros. Mirándolos, porque no tenía dinero para comprarlos. Esa costumbre se mantiene algunos sábados en Bogotá. Hoy, atesora una biblioteca impresionante que se divide entre sus libros de consulta y referencia y una colección personal. Cada libro tiene su propia anécdota y es muestra de su prodigiosa memoria.

El azar lo llevó a ser ministro de Salud. Muchas veces se cuestionó si había tomado la decisión correcta, pero al final puede decir que construyó una “historia interesante”, una que, sobre todo, fue coherente con su decisión de no dejarse llevar por el camino que querían imponerle en Medellín, sino fluir con la corriente y lo que fuera trayendo la vida. Es un ingeniero que quiso ser macroeconomista, se convirtió en profesor universitario, que sí, había escrito algunas columnas sobre los temas de salud desde una perspectiva académica, pero nunca pensó que iba a estar inmerso en el mundo de la política.

En agosto de 2012, María Lorena Gutiérrez –quien fue decana de la Facultad de Administración en la Universidad de los Andes cuando Alejandro era decano de Economía– fue la primera en proponérselo. Su primera respuesta fue que lo consultaría con su padre y sus allegados. “Cuando me lo plantearon, mi instinto, mi conciencia, me decían que no aceptara. Pero yo había estudiado un doctorado pagado por el Estado colombiano, que me financió el Banco de la República. Había pasado mucho tiempo escribiendo columnas y criticando al gobierno, había realizado muchas investigaciones sobre política pública y sentí que negarme era casi una falta ética y quedarme, como dijo alguien, en las fáciles glorias de la oposición. A veces en la vida se tiene que decir que sí, y la comodidad personal no puede ser el único criterio para decidir”, dice sin titubeos Alejandro.

Pero aceptar una propuesta así implica una gran carga y el hoy exministro la sintió muchas noches en las que se preguntaba ¿para qué me metí en eso? “Agobiado por la responsabilidad, por muchos problemas que, siendo completamente honesto, no tienen solución. Temeroso de las decisiones que estaba tomando. Ser funcionario público es muy difícil, las redes sociales han cambiado la política, no dan tregua y estos cargos se han convertido, como me dijo un empresario argentino, en trituradores de personas”. Sin embargo, un mes después de haber finalizado su labor que, como él mismo lo reconoce, tuvo logros, fracasos y extravíos, tiene la certeza de que trató de hacer las cosas bien, siempre acogido a sus principios.

Alejandro afirma que correr fue una de las actividades que “lo salvaron”, pues por su tipo de linfoma, tenía un 40% de probabilidades de sobrevivir

De regreso

Cinco procesos de quimioterapias después, Alejandro ha aprendido a disfrutar de las pequeñas dichas o tal vez, simplemente, las ha hecho más conscientes. Como lo manifiesta en su libro Hoy es siempre todavía, “solo trajimos el tiempo de estar vivos”, y en este tiempo en el que el carcinoma ya no está en su cuerpo, en el que el pelo creció de nuevo y ha podido regocijarse en la felicidad de estar junto a su familia, se siente como volviendo a vivir. Siente también que es una persona mejor y que, aunque vive con la incertidumbre de lo que podrán arrojar los exámenes que llegan cada tanto para verificar que el cáncer ya no está, es un hombre más feliz.
“En el libro hay retazos autobiográficos que nunca pensé que iba a escribir, pero que me permitieron reflexionar sobre esta cosa que yo llamo la naturaleza azarosa en la vida de todos, de que la vida vuelve añicos nuestros planes. De que, como dice un proverbio judío, el hombre planea y Dios se ríe. Quince días después de salir del Ministerio y ya he hecho dos reseñas de dos libros y he publicado dos entradas en el blog. Tal vez hasta mis últimos días voy a estar escribiendo”.

“En el libro hay retazos autobiográficos que me permitieron reflexionar sobre lo que yo llamo la naturaleza azarosa en la vida de todos”

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