Cultura

Gabriel Ortega, “Siempre quise quedarme en mi infancia”

El artista paisa exhibe desde inicios de este mes su exposición ‘Superhéroes’ en Tambaran 2, una de las galerías de arte contemporáneo más prestigiosas de Nueva York. La muestra, que incluye 40 obras, ha conquistado el corazón de Manhattan

Las costumbres más sencillas son en ocasiones las más poderosas. Desde que Gabriel Ortega puede recordar, pasaba los fines de semana escuchando con atención a su papá. Como si se tratara de algún ritual sagrado, Víctor Ortega solía sentarse junto a su hijo para hablarle de los grandes pintores de la humanidad.

Los nombres de artistas clásicos y contemporáneos se sucedían unos a otros mientras el pequeño Gabriel aprendía el legado de cada ídolo: El Bosco, René Magritte, Diego Velásquez, Van Gogh, Picasso, Goya, Dalí, Miró, Diego Rivera, Frida Kahlo y Fernando Botero, fueron algunos de ellos. Cuando el monólogo paterno culminaba, Gabriel se dirigía a su biblioteca para devorar la enciclopedia Salvat y ampliar la lección.

En las noches, antes de dormir, él se consagraba a la lectura de cómics durante horas. Las noches en compañía de El principito, con su rosa y el zorro; Tintín, viajando cámara en mano y su fiel perro Milú al lado; Supermán y Spiderman eran el broche de oro para un fin de semana lleno de cultura y diversión. En esos momentos, en una habitación silenciosa de Medellín, la creación de un concepto artístico se completaba sin que nadie, incluido Gabriel, lo sospechara.

A los sábados de escucha y lectura se sumaron, años después, los domingos de museos en Bogotá. Así conoció a su musa perpetua: “La iconografía de los superhéroes me cautivó. Ellos eran los defensores de la vida, pero con la verdad y los principios éticos. Me metí en el mundo de los cómics y lo complementé con el de los pintores, creé un universo de fantasía”, cuenta convencido de que también él utiliza la misma brújula moral que los personajes animados.

“Me metí en el mundo de los cómics y lo complementé con el de los pintores, creé un universo de fantasía”

No mucho tiempo después de descubrir su pasión, Gabriel vio cómo se extinguían para siempre los fines de semana en compañía de su progenitor. Él tenía solo nueve años, y está convencido de que ese golpe potenció más su interés artístico. “Fue el legado más grande que me dejó mi papá”, asegura el artista.

A finales de la década de 1980, con la mirada fija en concretar su meta creativa, Gabriel emprendió un viaje sin retorno que lo llevó más allá del Atlántico. Desde entonces, casi tres décadas atrás, Europa ha sido su hogar. Ya instalado en España, su primer deseo fue ir al Museo del Prado para contemplar con sus propios ojos lo que la voz de Víctor le había contado
tantas veces.

Allí, mientras contemplaba un cuadro de El Bosco, sus piernas no resistieron el peso del pasado y lo obligaron a sentarse. Su espíritu, perdido en un huracán sentimental, se quebró y, aunque la gente hervía a su alrededor, conoció la soledad. Lloró y siguió llorando, hasta que un vigilante del recinto se le acercó. El joven antioqueño, con poco más de 20 años, dejó que sus recuerdos hablaran por él. Al final de la narración solo quedó el silencio y poco después, el llanto compartido de dos desconocidos.

Encuentro de lo clásico con la fantasía

Después de su formación profesional en Valencia, donde estudió Bellas Artes y nutrió su sentido crítico, el deseo de Gabriel seguía latente: dar vida a un espacio imaginario en el que la cultura pop confluyera con esos grandes íconos que su padre le presentó. La idea de abandonar el objetivo no se cruzó por su mente ni siquiera por un segundo. “Me encantaba sentirme como un héroe, cuando ya era adulto, todavía quería ser uno”, asegura.

La meta era clara, pero el camino incierto. Empezó poco a poco, buscando técnicas que le permitieran juntar las historias paternales con los cómics. Con el paso del tiempo y una perseverancia férrea, encontró su propia expresión en la intertextualidad de los dos mundos. Su trabajo, usualmente escultórico, o pictórico con elementos tridimensionales, reinventa el de los antiguos al contrastarlos con íconos tan populares y cotidianos como Batman.

El artista –un apasionado por la actividad física y la natación– lo entiende como un espejo de doble vía: reutiliza la obra de grandes pintores históricos para transformarla en su propia interpretación mientras que refleja su auténtica visión del mundo en el estilo artístico de otros maestros. Creó, por ejemplo, una nueva versión de El jardín de las delicias, pero protagonizado por sus personajes: Tintín, Frida y Superman, entre otros.

Para formar ese universo híbrido, Gabriel ha entregado todo su tiempo y esfuerzo. Según él, no hay cosas difíciles cuando se persevera: el éxito es solo el fruto que se recoge después de sembrar y cosechar, una respuesta natural del trabajo duro. Gracias a ese pensamiento y a la destreza manual que siempre tuvo, ha participado en más de sesenta exposiciones en Europa y América, incluyendo su paso de este mes por Bogotá, en la Galería Baobab y la Feria Barcú. En cada ocasión ha materializado una idea que lo persigue desde su infancia en Medellín: “Todos podemos salvar el mundo con nuestra conducta, esa es la esencia de todo”.

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