Personajes

Gloria Zea, “Belisario era único e irremplazable”

Desde el calor de su hogar, Gloria Zea comparte con los lectores de CARAS entrañables recuerdos de su larga amistad con el expresidente Belisario Betancur, fallecido a comienzos de diciembre

Desde que me enteré de la noticia del fallecimiento de Belisario, he tenido una tristeza infinita que no se me quita. Fuimos amigos por muchos años, y sé que lo extrañaré muchísimo porque no hay dos personas como él. Llevo varios días pensando en alguien que se le acerque, y a pesar de todos los seres humanos maravillosos que me rodean y que amo, no encuentro una persona de la dimensión del presidente Betancur. Como él no hay dos. El haber compartido tanto con él me permitió darme cuenta de que estaba ante alguien excepcional e irremplazable, realmente único.

Belisario fue mi compañero de mil batallas, y él era como el Cid Campeador, las ganaba todas. Y lo hacía gracias a su don de gentes, su señorío y su firmeza. Todo esto hacía que nadie le pudiera decir que no. La nuestra fue una relación de verdadera comunión en la cultura, que fue lo que nos unió desde el principio.

“Belisario fue mi compañero de mil batallas, y era como el Cid Campeador, las ganaba todas, gracias a su don de gentes, su señorío y su firmeza”

Recuerdo que cuando lo conocí, él ya era Presidente de la República, y yo ya estaba en la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá. En esa época yo estaba tratando desesperadamente de terminar los últimos dos pisos del museo. Entonces se abría una exposición del Salón Atenas, y el presidente Betancur fue invitado a inaugurarla. Antes de eso, yo escasamente lo había visto de pasada en alguna oportunidad. Luego de que él terminó su discurso, me le acerqué y le dije ‘presidente, no he podido terminar dos pisos del museo, ayúdeme usted, por favor, a conseguir el dinero que hace falta”. Al rato él me buscó y me dijo pasito, ‘¿de cuánto es el sablazo?’. Le dije que eran 40 millones de pesos, que en ese momento era muchísima plata. Él me escuchó y la reunión terminó así.

Hacia las cuatro de la madrugada empezó a sonar el teléfono de mi casa, y cuando contesté me dijeron que era de la Presidencia. Yo creí que era Daniel Samper que me estaba haciendo una broma, hasta que efectivamente pasó el Presidente. Entonces me dijo: “Doña Gloria, ya sé cómo le voy a ayudar a conseguir los 40 millones que le hacen falta. Voy a pedirles a las corporaciones de ahorro y vivienda, las que pertenecen al Estado, que le presten cada una de a 10 millones. ¿El museo tiene cómo responder por esa deuda?”, me preguntó. Yo le respondí “Claro, presidente, el museo tiene una colección muy importante, y puede perfectamente respaldar esa deuda con obras de arte”.

Poco a poco fue llegando el dinero, hasta que uno de los directores de estas corporaciones me llamó y me dijo que él me prestaba la plata, pero con mi firma personal respondiendo por la deuda. A mí eso me dio mucha rabia, porque no era yo quien había pedido el préstamo, era el Presidente de la República, pero como yo no era amiga de él entonces, no sabía cómo mandarle la razón. Finalmente me comuniqué con Carmiña Jaramillo, que trabajaba en Palacio, y le pedí que le contara al Presidente. Ahí él hizo una cosa que me convirtió de alguna manera en su esclava y admiradora total: llamó a este gerente y le dijo, “doctor, he sabido que usted le ha pedido la firma personal a doña Gloria Zea, y yo no permito que ella siga exponiendo su patrimonio personal para responder y ayudar al desarrollo de la cultura en Colombia. Pero si usted necesita una firma, le ofrezco la del ciudadano Belisario Betancur. Y si le parece que no soy suficientemente pudiente, avíseme que yo me consigo un par de amigos que respalden la deuda con su firma”. A partir de ese momento me convertí en su amiga del alma. Lo llamaba “mi pre”, y recuerdo que decía que él era como el Llanero solitario, porque cuando lo iban a matar a uno, él llegaba como el llanero y te salvaba.

Gloria Zea conoció al presidente Betancur cuando él ya había llegado a la Casa de Nariño y ella dirigía el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Desde entonces, fueron grandes amigos

Él era un ser humano excepcional, un hombre bueno, como diría el poeta, en el sentido de la palabra bueno. Limpio, transparente, un político importantísimo que ejerció la política con una pureza absoluta. Era muy cariñoso y tenía un extraordinario sentido del humor, fruto de sus orígenes paisas, de los que se sentía muy orgulloso. Tenía la memoria más prodigiosa que uno pueda imaginar. Con frecuencia, yo ofrecía comidas en mi casa, reuniones grandes, de 12, 14 personas en la mesa, y él tomaba la palabra para contar anécdotas de su infancia, de cuando asistía al colegio de misiá Rosario Rivera, de cuando aprendió a leer, de la ciencia. Todos sus recuerdos de infancia, de su juventud en Medellín, los contaba con gran detalle por esa memoria prodigiosa que lo caracterizaba, y todos lo escuchábamos embelesados. Gracias a ella, también recitaba permanentemente poesía. Amaba la poesía española, tanto la del Siglo de oro, de autores como Lope de Vega y Quevedo, como otros poetas más contemporáneos, de comienzos del siglo XX, como Antonio Machado, Jorge Guillén, Dámaso Alonso.

Y es que es imposible hablar de Belisario y no hablar de cultura, pues era, como todos sabemos, un enamorado de todo lo que tuviera que ver con ella. Siempre luchó por las causas culturales, las defendió, las protegió, incluso desde su tiempo en la presidencia. En esos años él hizo algo que creo que no ha vuelto a hacer ningún presidente: nos invitaba con alguna frecuencia a Palacio y ofrecía unas veladas culturales, de poesía o en homenaje a grandes artistas y músicos. Cuando se acercaba agosto de 1986 y él iba a salir de la presidencia, yo le decía a la gente que invitaba, ‘miren muy bien el palacio, aprovechen mucho porque después del presidente Betancur, nadie nos vuelve a invitar’, y así fue.

Con los años lo empecé a visitar en su adorada Barichara. Estuve muchas veces en la casa de Dalita, y allí “mi pre” era feliz. Solíamos salir a caminar, él empuñando su bastón, y lo primero que hacía era dirigirse a la panadería y comer toda clase de galguerías. Siempre me pedía que no le fuera a contar a Dalita, así que esas paradas eran nuestro secreto. Luego caminábamos hasta el taller de las artes y oficios, donde Dalita había creado un gran restaurante porque uno de los oficios que enseñaban era la culinaria.

Hablar con él era un placer, porque era el hombre más culto que uno pudiera imaginar. Tenía una cultura absolutamente humanística, que venía desde los clásicos griegos, que eran una de sus pasiones, hasta los contemporáneos, con artistas como David Manzur, que fue su profesor de pintura. Él tomaba clases con David por las tardes. Tenía una sensibilidad infinita, pero a pesar de todo esto, sus conversaciones eran sencillas, como él.

Belisario amó mucho a Colombia, se sentía profundamente colombiano, en el bello sentido de la palabra. A mí me enseñó a amar a este país, a trabajar por él, como lo he hecho siempre, sin descanso y con humildad. Amarlo dentro de su autenticidad, pues para él, Colombia era el país sencillo, no el país de las grandes reuniones.

Yo creo que Belisario fue feliz hasta el día que murió. Tuvo un primer matrimonio maravilloso con Rosa Helena, y después de años de viudez, Dalita llegó a su vida para iluminarla y llenarla de felicidad. Ella es una caja de música, es un pozo de alegría, y le compartió esa alegría y ese amor a la vida al Presidente. Yo creo que él fue feliz siempre, en todo momento, porque amaba todo lo que lo rodeaba, su familia, sus nietos, los amaba profundamente, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo. Amaba lo que hacía, sus tareas, sus empeños.

Hoy, que ya no está con nosotros, puedo decir que no conozco a ninguna persona que haya conocido al presidente Betancur y que no haya quedado seducida y enamorada de él, pues era una presencia permanente, un punto de referencia, de esos que rara vez aparecen en la vida. Qué falta que me hace, “mi pre”.

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